viernes, 28 de mayo de 2010

Libre, como el sol cuento amanece

AMORES IMPOSIBLES EN LA CAPITAL FEDERAL (AÑO DOS MIL Y PICO)

La miré de reojo. El viento sacudía su ropa con violencia y arrastraba el jugo del durazno que yo estaba comiendo a mordiscones. Era mi último durazno. Pensé en convidarle, tal vez así lograra quedarme con ella algún tiempo. Pero debía decidirme rápido, o terminaba de comer o me le acercaba y le ofrecía lo que quedaba de pulpa. Terminé de comer, me sequé la boca con la manga arenosa del sobretodo y arrojé bien lejos el carozo. Ella estaba sentada a unos cien metros, en el cordón de la calle cubierta de polvo y tierra, mirando el piso. Seguramente estaba sedienta. Me acerqué decidido, sacando una botella de agua mineral de la mochila color caqui, desenrosqué la tapa y le di un largo trago.
-Te ves sedienta, ¿querés un poco de agua? –dije, gentil, con mi voz de quince años que había cambiado hacía poco.
No me contestó inmediatamente, pero levantó la vista hacia mí y me miró fijo. Tenía ojos marrón almendra, normales pero lindos, y muy rojos de tanto llorar o reprimir un llanto. Aún tenía delineados los párpados, así que todavía no había derramado ni una lágrima. Hizo un crujidito con la garganta y extendió débilmente la mano hacia mi botella. Sonreí con ternura y se la pasé, haciendo que mi piel rozara la suya apenas una fracción. Aún con mucha suciedad de por medio y numerosas capas de tierra que se fueron acumulando durante meses, mis nervios se crisparon al sentirla. Ella bajó la vista nuevamente y sorbió de la pajita, seguramente pensando en cuando era una niña y solía ir al McDonal’s.
-¿Cómo te llamás? –le pregunté al rato.
-Arco Iris.
Y no preguntó el mío. La gente por todos lados actuaba así, habían olvidado las conversaciones y la confianza. Seguía tomando agua, lentamente, como disfrutando de ello. Pasados otros segundos…
-Yo me llamo Puck Desierto –le dije, sonriendo-. ¿Te gusta mi nombre?
-Síí… -suspiró, observando el suelo-. Muchas gracias –dijo, extendiendo hacia mí la botella, pero sin mirarme.
-De nada –La tomé con precaución para que no se me fuera a caer y la guardé en mi mochila-. ¿Te molesta si me siento acá un rato?
No contestó, pero supuse que no le molestaba nada en estos tiempos. Así que me senté junto a ella y me detuve unos minutos a mirar el páramo que nos rodeaba. En los últimos treinta años (quizás hace cincuenta ya se notaba la diferencia) el clima había cambiado abruptamente, y más aquí que en otras zonas del mundo: toda la humedad se borró rápidamente y la aridez inundó el aire. La gente trataba de acostumbrarse, de comprar más ventiladores y aires acondicionados, pero los suministros de energía no alcanzaban ya que mermaban los caudales de los ríos de litoral. Poco a poco la gran Capital se fue despoblando, la gente huía al sur cada verano, en rebaños inhumanos sobre el asfalto, a pie porque los combustibles eran algo muy raro -y peligroso para el que tenía y no sabía cuidarse. Hacía ya por lo menos siete años que la Capital era un desierto lleno de tierra y arena y edificios sin ventanas, sólo agujeros. Los pocos que quedábamos acá vivíamos también como animales del desierto, aprovechando lo que podíamos, desconfiando del resto, sobreviviendo en la anarquía.
¿Quién lo diría? ¿Quién se atrevería a pensar que el amor podía aún subsistir en esos días? Yo era uno de esos. Puck Desierto, ése era mi nombre, mi identidad, y creía en el amor y estaba dispuesto a ponerme a prueba.
-¿Cuántos años tenés? –le pregunté al rato, y ella, luego de suspirar y sin sacar la cabeza de entre sus piernas, me contestó:
-Dieciséis.
Su voz me gustó. Era un año mayor que yo pero parecía uno menor, sobre todo por su voz, y su tamaño. Era linda, seguro que con un lavado su pelo era brillante y sedoso, y su piel, debajo de toda su ropa para cubrirse de la radiación, debía ser tibia.
-¿Vivís sola?
-No –dijo, y levantó la cabeza para mirar alrededor-. Mi hermana mayor y mi mamá viven a dos kilómetros.
-¿Y qué hacías por acá, sola?
Su mandíbula inferior tembló un poco.
-Me pelié con ellas ayer… Pero creo que ya podría ir volviendo…
-Uh, perdoná –dije, haciendo una mueca. Había metido la pata seguramente-. Entonces si querés te acompaño, no es bueno que una chica como vos camine sola por ahí a la tarde.
-Gracias, pero me sé defender sola bastante bien –dijo, sin ser descortés.
-Ah, bueno, mejor por vos –comenté sonriendo. Ya iban dos metidas de pata.
El ambiente y el clima impedían las bases del amor, eso era evidente, pero estaba dispuesto a todo por comprobar que aún no se había perdido. Me estiré un poco y agarré un alambre que había por ahí. Como Arco Iris no parecía con muchas ganas de irse, me dediqué todo lo que quise a partir el alambre en dos. Una vez que terminé, le ofrecí uno de los trozos y con el otro tracé una cuadrícula en el piso.
-Te juego un tatetí –dije-, para matar el tiempo, ¿te parece?
-Bueno –coincidió, encogiéndose de hombros, y puso una cruz en una esquina. Yo esa técnica ya la conocía así que puse un círculo en el medio y terminamos empatando. Después de un par de partidas más ya parecía muy aburrida, y eso no iba bien.
-¿Y si mejor jugamos al piedra papel o tijeras…? –Esperé con el puño en la espalda unos instantes-. Piedra, papel, ¡o tijeras! –La mayoría de la gente primero saca tijeras, siempre, y por eso saqué papel, así ella me ganaba y tal vez podía verle una sonrisa. Pero no era alguien normal, obviamente, y eligió piedra, por lo que le gané. Dos minutos después ella me había ganado rotundamente, pero aún así no se sonreía, ni nada.
Dejamos el juego ahí y yo me tiré de espaldas al piso, a mirar las nubes que nos sobrevolaban a increíble velocidad. Ella miró hacia un costado, donde a unos kilómetros pasaba un viejo rengueando, antes de meter nuevamente su cara entre sus piernas, donde la oscuridad tal vez le permitía pensar mejor.
Sin dudas había elegido a la chica incorrecta en el momento incorrecto. A lo mejor me convenía despedirme en ese momento, diciéndole dónde vivía yo, para encontrarnos en alguna ocasión en la que estuviera menos triste.
Estaba pensando esto cuando se incorporó de pronto. Mis ojos se habían cerrado y fuera de ellos el cielo se había ido haciendo más oscuro y pardo. Desde arriba me miró, con una sonrisa, y me tiró la mano para que la sujetara y me levantara. Yo antes había estado tan cansado que me había dormido, y tal vez, pensé mientras me ponía colorado y aceptaba su mano, había roncado tan fuerte que la había hecho reír.
-Yo ya me voy para mi casa –me dijo mirándome a los ojos. Ahora que estaba parado frente a ella noté que yo era más bajo-. ¿Venís o te quedás?
Dudé un segundo. Su cara parecía diferente, tal vez no era tan linda como la había idealizado ahora que estaba oscuro, era otra Arco Iris.
-Ya es tarde, creo que te conviene quedarte -aconsejó.
-No, no, voy con vos.
Caminamos bien lento, una hora y media esa noche. Era sin duda una persona muy interesante, pero creo que el sueño que había echado ahí al lado suyo me había sacado las ganas momentáneas de probar que el amor existía aún en esa ciudad. Tal vez, en otra ocasión, volverían las ganas, con otro sueño. La dejé en la puerta de su casa, la despedí con un beso en la mejilla y me volví para mi casa.
Es poco probable que alguien encuentre el amor en estas zonas y en estos tiempos, ese amor que justamente ahora se dedica a desencontrar sentimientos y personas. Yo, Puck Desierto, encontré a Arco Iris estando dispuesto a amarla cuando ella no lo estaba, y Arco Iris me encontró después, quién sabe dispuesta a qué, cuando yo en realidad lo que quería era seguir durmiendo. A veces, sueños y amor no son la misma cosa.


(Con suerte), alguien hoy leyó este cuento en Avenida de mayo, estación de la línea C del subte en Capital Federal, alrededor de las 19,45 horas. Originalmente quería liberar el cuento El hombre más malo del mundo, de Leonardo Castellani, pero no figura en la web, y como tenía este cuento a mano... Espero que a alguien le guste.
Además de eso, fue un día súper interesante y de perder mieduchos.

2 comentarios:

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