martes 6 de marzo de 2012

Virginia a través del cuenco del pan rallado

De chiquita estaba convencida en que nunca me iba a dejar atrapar por la rutina, pero eso era porque odiaba el colegio. Ya en la secundaria entendí que una rutina de estudio evita muchos males, y antes de darme cuenta vivía en una larga rutina semanal que involucraba familia numerosa, casa grande, dos perros y una empleada que hacia la limpieza.
Cuando el cuerpo está tan sumergido en las acciones automáticas, la mente se desconecta. Por eso tardé en saber qué pasaba. Pero noté algo extraño y me detuve, con las manos llenas de pan rallado. Miré el cuenco donde debía estar la milanesa que estaba empanando, pero no la encontré; miré la bandeja del horno y vi que había sólo tres milanesas empanadas... ¿No tendría que haber completado la bandeja ya? A través de la ventana observé al gato, que distraído miraba una mosca. Volví a revolver en el pan rallado y no encontré la milanesa, sin embargo...
Agarré otra y empecé a empanar, ahora prestando atención. Con una cuchara tiré pan rallado por arriba y empecé a ejercer algo de presión. La milanesa ahora se camuflaba completamente en el cuenco. Presioné un poco más, sacudí de un costadito por si había quedado un pliegue en la carne, y volví a presionar. Parecía que la milanesa se hundía. Y de repente pasó de nuevo: mis dedos se encontraron con el fondo del cuenco del pan rallado. Ya no había milanesa, había desaparecido. Pero no me desesperé: sonreí, volví a mirar al gato, que ahora me observaba con atención, y volví a empujar hacia abajo, desde las puntas de los dedos. Más, hasta enterrar las muñecas, más, hasta sumergir los codos. Más, la cabeza entera, más, más fuerte.
No sé si la de Virginia a través del cuenco del pan rallado será una historia tan famosa como la de Alicia, pero el lugar en el que caí tenía tan poco de rutina como el mundo del otro lado del espejo.

lunes 5 de marzo de 2012

Gang

Él lo vio todo. Él supo todo todo el tiempo, lo predijo, lo contó, intentó impedirlo, lo hizo público. Él sabía todo, conocía a cada uno hasta en el menor de los detalles. Él conocía los acontecimientos. Él sabía cómo se iban a mover las piezas, dónde se iban a mover, con qué intenciones se movían y qué buscaban los que las movían. Él fue los ojos y los oídos mientras las cosas pasaban, incluso antes de que se insinuaran. Él sabe quiénes están implicados, quiénes son inocentes, quiénes fueron engañados, y habló con cada uno de ellos.
Ahora que las cosas pasaron y saber es inútil, ahora que lo que él anticipó ya es pasado, él se muerde el labio y no dice nada.

domingo 4 de marzo de 2012

Luz color barro

Japoneses inventaron (¿quién iba a inventar algo así sino los fanáticos de Van Gogh?) una computadora especializada en analizar pinturas. Pero no un análisis de composición, significados, métaforas, construcciones, etc. Esta computadora japonesa calcula, a partir de diecisiete variables distintas, la cantidad exacta de pigmentos utilizados en toda la obra: X cantidad de carmín, X cantidad de azul ultramar, X cantidad de blanco, X cantidad de lo que corresponda. Luego mezcla virtualmente esas cantidades y obtiene un único color: ese producto único es el resumen más compacto de la obra. Un Rembrandt, un Renoir, un Caravaggio, un Frida Khalo, un Bouguereau, un Fragonard, un Da Vinci. Desde marrones oscuros y turbios como el Tres de Mayo de 1888 de Goya hasta cremas grisáceas como un Nenúfares de Monet, la invención japonesa no se cansa de neutralizar las más grandes creaciones de la historia del arte, no se cansa de apagar las luces más vivas, no se cansa de demoler las formas más reales. Todo lo reduce, todo lo aniquila.

sábado 3 de marzo de 2012

Sacate los renglones

Es como matar al pajarito que intentabas alimentar, y que suceda una y otra vez. Que la casa que levantaste se caiga cuando dormís. Que tus avioncitos de papel se prendan fuego en tus manos. Es como una planta a la que no le alcanza que la riegues todos los días, igual se va a secar, se marchita frente a tus ojos, se vuelve árida cuando más la cuidás. Me cansé de esperar a que mi vida siguiera los pasos de una de las historias que escribo. Entendí que yo escribo la historia de mi vida.

viernes 2 de marzo de 2012

7 cosas que quiero decir antes de morir

1. Una mentira más y me voy a dormir.
2. Sí, varias. Y todas eran versiones imperfectas de vos.
3. Demasiado cerca para tus ojos.
4. Vos siempre un genio entre esa banda de idiotas.
5. Dejá de sonreír tanto que vas a empezar a tragar saliva con gustito a sangre.
6. No se me ocurre nadie mejor que vos para estropearlo todo.
7. Dale, te paso a buscar con el auto a las ocho.

Esas cosas sin nombre

Cuando salí de casa hoy temprano encontré que en el gato del vecino estaba maullándole a otro gato desconocido que estaba en la vereda. Este otro gato pasó entre los barrotes y se echó al suelo frente al dueño de casa. El gato de mi vecino lo miró un momento y se dio vuelta, dejando que le gato extraño fuera hasta su platito de comida para que se sacara el hambre. Buenos gatos, pensé.
Ya llegando a la para de colectivo vi a Panchito y a Sofía, de nueve y ocho años respectivamente. Viven en casas enfrentadas con grandes rejas y tienen familias bastante cerradas. Que yo sepa, Panchito y Sofía nunca se vieron sin rejas de por medio, pero siempre los encuentro a cada uno en su jardín, hablando animados, jugando a esto, a aquello, contándose noticias, planeando y proyectando actividades que probablemente nunca hagan. Son excelentes amigos. Y creo que Sofía gusta de Pancho pero no le dice nada.
Mientras esperaba el colectivo vi de lejos que se acercaba una pareja de viejitos. Ella es la más deteriorada, tenía la mirada perdida, la mandíbula floja, despeinada a pesar de evidentes esfuerzos por hacerla más linda. Y caminaba cayéndose constantemente hacia la derecha, sin controlar la inclinación de su cadera. Su esposo, un viejito de la misma estatura y cara fruncida, la tenía del brazo y tiraba hacia la izquierda para que no se fuera al piso. A pesar de unas arrugas de tedio que le cruzaban la frente, los ojos estaban atentos y preocupados en su mujer. Cuando pasaron de largo pude ver que el viejo caminaba inclinado hacia la izquierda, con la columna torcida, joroba y una pierna atrofiada, perfectamente adaptado para compensar el andar de su esposa.
Cuando con el colectivo frente a mí, un flaco lleno de aros en la cara se subió primero ignorando a la chica embarazada, me pregunté qué nombre tienen las cosas que todavía no tiene nombre, y cómo darles uno que suene a verdad.

jueves 1 de marzo de 2012

Uno mismo

Con el tiempo uno deja de descubrir tantas cosas en lo que lo rodea, y empieza a encontrar cosas en uno mismo. Por ejemplo yo descubrí por qué no me gusta peinarme ni afeitarme: no me gusta mirarme al espejo. Por eso mismo es que me cepillo los dientes con los ojos cerrados. Descubrí también que castañeo los dientes con más fuerza cuando hay algo que quiero, que algo que me molesta. Descubrí que cuando viajo rápido en el transporte público lo primero que quiero hacer es contarle a todo el mundo lo bien que acabo de viajar. Descubrí que si bien es más fácil cortarse las uñas cuando están blandas después de la ducha, me gusta cortármelas cuando están duras y se astillan, y tener que buscar las esquirlas meticulosamente por toda la pieza. Descubrí que no me gusta sentarme en ángulo recto frente a una mesa, siempre busco una esquina o un costado desparejo, y si la mesa es redonda, me siento en la tangente. También descubrí que me gusta hablar de mí mismo más de lo que me parecía.