De chiquita estaba convencida en que nunca me iba a dejar atrapar por la rutina, pero eso era porque odiaba el colegio. Ya en la secundaria entendí que una rutina de estudio evita muchos males, y antes de darme cuenta vivía en una larga rutina semanal que involucraba familia numerosa, casa grande, dos perros y una empleada que hacia la limpieza.
Cuando el cuerpo está tan sumergido en las acciones automáticas, la mente se desconecta. Por eso tardé en saber qué pasaba. Pero noté algo extraño y me detuve, con las manos llenas de pan rallado. Miré el cuenco donde debía estar la milanesa que estaba empanando, pero no la encontré; miré la bandeja del horno y vi que había sólo tres milanesas empanadas... ¿No tendría que haber completado la bandeja ya? A través de la ventana observé al gato, que distraído miraba una mosca. Volví a revolver en el pan rallado y no encontré la milanesa, sin embargo...
Agarré otra y empecé a empanar, ahora prestando atención. Con una cuchara tiré pan rallado por arriba y empecé a ejercer algo de presión. La milanesa ahora se camuflaba completamente en el cuenco. Presioné un poco más, sacudí de un costadito por si había quedado un pliegue en la carne, y volví a presionar. Parecía que la milanesa se hundía. Y de repente pasó de nuevo: mis dedos se encontraron con el fondo del cuenco del pan rallado. Ya no había milanesa, había desaparecido. Pero no me desesperé: sonreí, volví a mirar al gato, que ahora me observaba con atención, y volví a empujar hacia abajo, desde las puntas de los dedos. Más, hasta enterrar las muñecas, más, hasta sumergir los codos. Más, la cabeza entera, más, más fuerte.
No sé si la de Virginia a través del cuenco del pan rallado será una historia tan famosa como la de Alicia, pero el lugar en el que caí tenía tan poco de rutina como el mundo del otro lado del espejo.