Ayer conocí a Romina. Era una mujer pasada de cuarenta, obesita, fea, mal teñida, de mal carácter y con un mal empleo en una Esso. Y lo suficientemente tonta como para darse cuenta que no se había desprendido el pin con su nombre recién al subirse al tren y verse reflejada en la ventanilla.
El gato negro de la gitana espera todas las noches, sobre el cesto de basura, a que se escape el perro de la casa de enfrente para que vaya a ladrarle. Una noche sin tirar zarpazos es una noche aburrida.
Carlos empezó a cantar en el tren. Pasó de un terrible pánico escénico a un tolerable show en los vagones. Simplemente tiene que cantar fuerte hasta enrojecerse la garganta y mirarse fijamente en el vidrio de la puerta.
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