Pasé apurado por la parada de colectivo y lo vi ahí. El vagabundo bailaba con ojos cerrados bajo la lluvia, desnudo y sonriente. Le apretaba tanto el cuero desnutrido que le iba a quebrar las costillas. Esta vez era mi oportunidad de enseñarle algo, pensé.
-Imaginar fantasías está bien –dije colocándole mi paraguas en su mano a la fuerza-, pero imaginar realidades hace mal.
Ahora cada tanto lo veo bailar tap con mi paraguas negro como bastón, desnudo y sonriente. Hay naturalezas que no pueden aprehender simples enseñanzas.
Para Rafa, mi más grande e insoportable admirador, y más enfermo y sonriente soñador que conozco.
jueves, 5 de marzo de 2009
Prosa del desgarrado
El rasgado (desgarrado) del papel es algo bien conocido, un sonido común y a veces temido, pensé mientras revolvía el café, soplándolo. Pero no es tan frecuente, no es algo que se oye necesariamente todos los días. Sin embargo aquel rasgado, el de los sobrecitos de azúcar… es diferente. No cruje como cualquier papel, quizás por la delicadeza: al tomarlo con la punta de los dedos y jalar, con fuerza medida procurando que, el eliminarse la fuerza normal, no salte el azúcar en todas direcciones; eso le da un toque especial. Es suave, indecoroso, últimamente bastante plastificado, pero es un sonido apacible, tanto que desearía ser más goloso… Yo sé que, después de ese único rasgado de papel, se me enturbiará la saliva con el néctar matutino del snakbar.
miércoles, 4 de marzo de 2009
martes, 3 de marzo de 2009
Capricornio (28)
Desearía estar dormido, desearía estar durmiendo.
Soñando con un cuervo, un enjambre de Cenicientos,
un capricornio con alas y dos luceros sin sueños.
Con una chimenea abandonada por su dueño desdentado
y una pobre cuchara de madera que espera...
que espera ser incluida en un refrán, junto con la espumadera,
en la casa del herrero, que ahora tiene internet.
Hoy nadie lo ha etiquetado, pero etiquetó a dos amigos
de la alta etiqueta traviesa Traviata.
Etiquetó me etiquetaron en la etiqueteada de tu quedada tocada,
pero sin etiquetar quedó la raqueta.
Desearía estar dormido, desearía estar durmiendo,
es mejor no decir nada que escribir un cuento,
es mejor decir gansadas que chupar un monumento.
Soñando con un cuervo, un enjambre de Cenicientos,
un capricornio con alas y dos luceros sin sueños.
Con una chimenea abandonada por su dueño desdentado
y una pobre cuchara de madera que espera...
que espera ser incluida en un refrán, junto con la espumadera,
en la casa del herrero, que ahora tiene internet.
Hoy nadie lo ha etiquetado, pero etiquetó a dos amigos
de la alta etiqueta traviesa Traviata.
Etiquetó me etiquetaron en la etiqueteada de tu quedada tocada,
pero sin etiquetar quedó la raqueta.
Desearía estar dormido, desearía estar durmiendo,
es mejor no decir nada que escribir un cuento,
es mejor decir gansadas que chupar un monumento.
lunes, 2 de marzo de 2009
Desesperanza IV
Entró al local de sombreros. Felipe quería un lindo sombrero clásico para morir: se suicidaría con estilo. ¿El motivo de su suicidio? Lo olvidaba tan frecuentemente que vivía preguntándoselo: la soledad, el desamor. Eligió un sombrero hongo verde, pequeñito, robusto y duro, clásico. Ciento diez pesos. Lo agarró, fue hasta la caja y empezó a buscar los billetes, pero sólo encontró uno de cien. Mientras el anciano dueño del local, el que desde hacía diecinueve lustros se dedicaba a la fabricación de hermosos sombreros, le envolvía el modelo hongo, Felipe fastidiado refunfuñaba contra la mala suerte de su vida. Incluso ahora le jugaba malas pasadas: estaba seguro de haber llevado trescientos pesos, ahora no podía encontrar dos.
-No se apure, no hay problema… Si quiere, mientras le cuento una historia… -El fabricante de sombreros lo miró de reojo, pero Felipe, el futuro suicida, lo ignoró-. Bueno: según se contaba, en España hubo una vez un hechicero en la corte del Rey Carlos I, que entre tirar cartas de tarot, maldecir, leer bolas de cristal y criar unicornios, fabricaba los sombreros del Rey y toda la Corte Real… -Volvió a mirarlo, pero él seguía enfrascado buscando sus billetes-. Un día el Rey Carlos quedó enamorado de una tan Bárbara Blomberg, pero ella no le respondía su amor. Entonces le pidió a su hechicero y fabricante de sombreros un favor muy especial… ¿Está escuchando?
-Sese…
-Le pidió que fabricase un sombrero capaz de entregarle a su amada. El brujo le advirtió que podía hacerlo, pero que necesitaba un año de tiempo. Entonces se dedicó exclusivamente a la fabricación de dos sombreros idénticos: uno para Carlos I, otro para Bárbara Blom…
-¡Maldición, qué mala suerte! Mejor me llevo esta galera, ¿cien pesos verdad? ¡Aquí tiene! Muchas gracias…
Se fue y dejó al pobre vendedor de sombreros con las palabras en la boca, un sombrero hongo verde en la mano izquierda y un billete de cien en la derecha.
-…y desde entonces se dice que todos los sombreros fabricados en pareja, como esa galera galesa, enamoran a sus portadores, si alguna vez se encuentran…
De más está decir que Felipe perdió sus deseos de suicidarse antes de llegar a la esquina, donde conoció a la treintañera nieta del fabricante de sombreros.
-No se apure, no hay problema… Si quiere, mientras le cuento una historia… -El fabricante de sombreros lo miró de reojo, pero Felipe, el futuro suicida, lo ignoró-. Bueno: según se contaba, en España hubo una vez un hechicero en la corte del Rey Carlos I, que entre tirar cartas de tarot, maldecir, leer bolas de cristal y criar unicornios, fabricaba los sombreros del Rey y toda la Corte Real… -Volvió a mirarlo, pero él seguía enfrascado buscando sus billetes-. Un día el Rey Carlos quedó enamorado de una tan Bárbara Blomberg, pero ella no le respondía su amor. Entonces le pidió a su hechicero y fabricante de sombreros un favor muy especial… ¿Está escuchando?
-Sese…
-Le pidió que fabricase un sombrero capaz de entregarle a su amada. El brujo le advirtió que podía hacerlo, pero que necesitaba un año de tiempo. Entonces se dedicó exclusivamente a la fabricación de dos sombreros idénticos: uno para Carlos I, otro para Bárbara Blom…
-¡Maldición, qué mala suerte! Mejor me llevo esta galera, ¿cien pesos verdad? ¡Aquí tiene! Muchas gracias…
Se fue y dejó al pobre vendedor de sombreros con las palabras en la boca, un sombrero hongo verde en la mano izquierda y un billete de cien en la derecha.
-…y desde entonces se dice que todos los sombreros fabricados en pareja, como esa galera galesa, enamoran a sus portadores, si alguna vez se encuentran…
De más está decir que Felipe perdió sus deseos de suicidarse antes de llegar a la esquina, donde conoció a la treintañera nieta del fabricante de sombreros.
Juan Cruz y Bautista
¿Cómo podía ser que Juan Cruz y Bautista, dos niños con nombres santos, fueran tan pieles de Juda (uno muy poco santo)? Nadie lo sabía. A pesar de las mil rabietas y enojos diarios, las maestras y demás madres opinaban que algo se podía hacer con esos dos chicos. “Bauti se hace el malo, pero en el fondo es bueno. Cuando lo separás de Juan Cruz te das cuenta que es una dulzura”, decían. “Juan Cruz también, pero es más reacio, siempre actúa desconfiadamente… También, con la familia de locos que le tocó, pobrecito…”, opinaban. Pero no se daban cuenta que, bajo esa segunda capa de bondad, Juan Cruz y Bautista estaban tan podridos y eran tan malos como Barrabás.
(Tengo una seguidora, tengo una seguidora, lero lero.)
(Tengo una seguidora, tengo una seguidora, lero lero.)
domingo, 1 de marzo de 2009
Esperar-desesperar
Esperé todo el día para empezar este mes diciendo algo inteligente o importante, pero no hay tales...
Más vale pájaro en mano que cien volando.
Ahí está, al fin, algo inteligente. Se me acaba de ocurrir, lo juro.
Feliz marzo:
Más vale pájaro en mano que cien volando.
Ahí está, al fin, algo inteligente. Se me acaba de ocurrir, lo juro.
Feliz marzo:
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