domingo, 19 de julio de 2026

Volví a creer

Me acusarán de muchas cosas, pero jamás de futbolero ni de vegano. Sí, como proteína de soja cuando mi novia hace algo rico con ella, y sí, de chiquito veía a la selección durante un mundial.

Mi recuerdo más viejo de fútbol es del partido en que nos eliminaron en el 98, yo tenía siete años. Arrancó en la escuela, nos juntamos a un montón de alumnos frente a la tele más grande que había en un aula comúnmente vacía. Recuerdo tener vergüenza porque, mientras todo el mundo alrededor tenía camisetas de la selección, yo tenía una hecha en batik por mi hermana. Mis viejos nos bancaban educación privada pero no había para frivolidades. Vino a buscarme la combi que me llevaba a casa y, creo recordar, nos eliminaron ahí apenas llegué, y yo no entendía nada.

Mi memoria pega un salto a un partido contra algún país sin peso, que vi con mis compañeros del colegio durante un viaje escolar a Tandil, les dimos una goleada tan grande que había que inventar nuevas formas de divertirse tras cada pelotazo.

Pasaron los años, el fútbol me dio tan pocas satisfacciones que nada recuerdo, y emigré.

Mi primer mundial afuera lo viví en Nueva Zelanda y me perdí cada puto partido. Estaba obsesionado con ahorrar guita y tenía dos laburos: de lunes a viernes me levantaba antes de las seis y volvía después de ocho o diez horas de trabajo en construcción, y de diez a medianoche, seis veces por semana, limpiaba el hostel donde me alojaban.

La final la seguí con el celular (el primer smartphone que tuve en mi vida, que se me cayó bajo la aplanadora que manejaba a la semana de comprármelo) y como los planes de internet eran carísimos, veía el minuto a minuto. Algunos de mis colegas me dieron el pésame más tarde.

Ahí rendí mis esperanzas y dejé de creer.

El mundial siguiente me encontró en Francia, no miré ni un partido, ¿para qué?, tuve la excusa de tener que trabajar en cada ocasión o casi, y me encogí de hombros durante cuatro años ante cada comentario que un franchute soltó al saber mi nacionalidad. Dos mil veintidós fue lo mismo, no vi ni un partido, ya casi con cierto orgullo de que me chupara un huevo, viviendo tranquilo en Santander.

Pero de repente estábamos otra vez en la final y yo ya no tenía excusas, ni de horarios ni laborales, para no verla.

Vivíamos con mi novia en un piso casi vacío, apenas amueblado, lo de Santander era un pasaje burocrático que se extendió un año. Puse la compu en la mesita ratona de Ikea y me senté con indiferencia en el sofá verde. Y mi novia, que andá a saber qué hacía allá en la mesa principal, vio cómo me transformé otra vez en un argentino ante una pantalla con fútbol.

Nunca me había visto gritar, putear y llorar desquiciado. ¡Y para menos, la concha de tu madre, con esa final miocárdica ante los últimos campeones! Alejado de mis compatriotas, sólo en un depto casi vacío en una ciudad geriátrica al norte de España donde no conocí a ningún otro argentino, bailé y sacudí los brazos el resto de la noche y me asomé al balcón a comprobar que Santander seguía indiferente. Campeones, amor, les arrebatamos la copa.

Hace dos años nos sentamos y vimos juntos la peli Muchachos, y entendió. Colmado de una euforia que no entendía busqué los textos que Casciari le dedicó a Leo porque no quería dejar de sentirme así. Amor amor, le dije al rato, dejá todo que tengo que leerte esto. Messi es un perro primero, y La valija de Lionel después, así al hilo y apenas salteándome un poco el relleno, volví a llorar con ese orgullo enquistado de que la vida es más hermosa siendo argentino.

Este mundial me tiene otra vez en Francia, otra vez en una ciudad donde no confraternicé con latinos. Volví a ignorar los partidos, pero esta vez por cábala. ¿Qué hubiese pasado si en vez de ir a volcar concreto en Christchurch me quedaba en el hostel para ver la final contra Alemania allá en el 2014? ¿Voy a correr riesgos otra vez? Las cábalas no existen, me repito, no son más que una válvula cerebral para creer que importamos, que somos relevantes, que podemos afectar el destino al que le somos indiferentes...

¿Pero y si perdíamos por mi culpa?

Me mantuve casi estoico hasta hace unos días, chusmeando los comentarios en el whatsapp familiar, viendo los highlights de dos minutos de partidos que a mi país le ensancharon las venas. Me alegraba de forma contenida y me prometía que si llegaba a la final, la miraba.

Pero mierda, la semifinal era contra Inglaterra, y mi estoicismo entró en conflicto directo con mi corazón.

Unas horas antes del partido jugamos al Age of Empires con uno de mis hermanos. Siempre vamos de Francos los dos, pero esta vez el gordo eligió jugar con Britones. ¿Lo hacés a propósito?, le pregunté. Aguantamos un primer embate pero el enemigo nos arrasó. Igual, mientras jugábamos, me convenció: este partido hay que verlo.

Otra vez solo en mi departamento, este que ahora amueblamos con amor, gritando y saltando: ¡la tenés adentro, gringo go home y las Malvinas, argentinas!

Desde ese momento dedico mi atención a videos de Messi y de la selección, reenvío mil reels de instagram sobre fútbol y la hinchada más grande a gente que sé que no me va a bloquear tan fácil. Me acuesto tempranito como europeo y me desmadrugo como argento pegado al celular porque quiero ver un poquito más, oír la canción otra vez, quizás en el siguiente video me entere de algún detalle que no sabía porque claro, ya llevo doce años afuera.

Esta noche es la final, Argentina contra España, y ya sé a qué bar latino voy a ir con mi única remera color azul, a la que hace rato convertí en musculosa. Pero antes, ahora en un rato, voy a jugar un Age con mi hermano, que por primera vez va a ir con los Españoles. Ni él ni yo somos cabaleros eh, ¿pero qué daño hace, che, pasar un rato entre hermanos?

Gracias, Argentina. Gracias, fútbol. Gracias, Messi, Scaloni, selección entera. Volví a creer.

domingo, 18 de julio de 2021

Fin de fiesta

La copa ascendía con pereza hacia mis labios. No por sed ni ganas de embriagarme, sino por la social necesidad de aparentar interés en el entorno. La música no estaba mal (una pareja casi adolescente la calificó de retro) aunque sí un poco fuerte, las luces todavía permitían navegar entre la gente sin accidentes (aunque sabía que en media hora empezaban los flashes y el vértigo fluorescente), el maquillaje ajeno continuaba donde lo habían aplicado (el mío era poquísimo), las camisas seguían impolutas y por dentro del cinto, las miradas no habían perdido foco ni disimulaban estupor. Un bar animado, terraza sobre el mar, nubes que se acercaban desde el horizonte para explotar al alba, coctails de precios excluyentes pero cerveza barata que atraía la camorra necesaria. La copa se frenó a centímetros de mi cara. Por qué fingir, me cuestioné otra vez. Hice un amague de tirar la copa al suelo (algún empleado atento llegaría con escoba en segundos), pero también el amague se detuvo. Cuál era la necesidad de demostrar despecho, reflexioné. Entonces empiné el último trago con apuro profesional, sin alzar el codo como hacen los borrachos, dejé la copa en la mesa más cercana y, del fondo de mi cartera, camino a la salida, apuré un paquete de cigarillos y otro de carilinas.

jueves, 15 de julio de 2021

A mitad de camino

En el pueblo nos siguen llamando exploradores aunque la última generación que realmente exploró fue la de mi tátara abuelo. Hace ya cien años que nuestro trabajo consiste en despejar los caminos que ellos abrieron, luchar contra el bosque y los ríos.
Siete senderos nacen en la plaza del pozo, y se abren desde el pueblo como una estrella. Cada camino lleva a un pueblo distinto, y los exploradores de cada uno se encargaban de mantener las buenas condiciones desde sus murallas hasta el punto medio: vía de comercio cuando alguna plaga o peste arruinaba los cultivos, y ruta de escape en caso de una invasión de Salvajes.
Desde el último avistamiento de Salvajes, todos en el pueblo tienen los ojos puestos en la ruta que estamos despejando ahora, porque seis de los siete caminos hoy son instransitables: el bosque ocupó su lugar del meridiano en adelante. Los demás pueblos sucumbieron o se olvidaron de nosotros.
Los caminos son largos y el bosque crece a velocidades inauditas, los ríos se desbordan periódicamente y voltean puentes y modifican los pasos. Toma un año entero al equipo de exploradores reacondicionar un camino y volver al pueblo: hasta que no alcanzamos el hito central de la vía no sabemos si los exploradores vecinos hicieron su trabajo en los últimos siete años.
Llegamos. El bosque se extiende por todos lados, abandonado. Nuestra única salida está bloqueada.
"Los dos más viejos", dije sin soltar las herramientas, "vuelvan a casa y cuenten lo que vieron. Nosotros vamos a seguir adelante. Vamos, exploradores."

miércoles, 14 de julio de 2021

Paroniria

Nos prometieron el fin de la frustración de dormir y soñar incoherencias y olvidarlo casi todo. La idea era simple: elegís qué soñar, cuanto más pagues, más personalizado el sueño.
La adicción fue rápida: cansado de soñar dos veces por semana con las mismas peleas contra dragones, las mismas orgías con las mismas celebridades, los mismos viajes espaciales, pagabas un bonus para elegir el tamaño y el color del dragón, para desbloquear una nueva celebridad y para que la nave espacial fuera idéntica a la de Star Trek.
Después, cansado de que los sueños terminasen todos igual, pagabas un plus por añadir eventos innovadores, fusionar historias, reproducir alguna memoria específica previa extracción del córtex.
Y cansado a fin de mes de tus propias elecciones, de conocer de antemano todo, pagabas, su podías, a algún escritor para que introdujera, noche a noche, una nueva historia inédita.
El boom fue instantáneo y la demanda se modificó todos los sectores del entretenimiento: guionistas reciclados abrieron sus consultoras y se volvieron millonarios, y a su vez cualquier donnadie podía, por diez dólares, comprar treinta sueños programados por un pakistaní sin imaginación. Las productoras de cine y pornografía se reestructuraron enseguida, pero no pudieron monopolizar el negocio: cualquiera podía aprender a escribir sueños, la calidad narrativa era el único lujo.
Las medidas de seguridad resultaron débiles y los oportunistas no perdieron un segundo en invadir servers con toda clase de pesadillas. Escándalos se sucedieron uno al otro: deportistas que despertaban exhaustos previo a una final, políticos que perdían la compostura pública luego de sueños pedófilos, proselitismo de campaña incesante previas elecciones.
Las grandes compañias de tecnología destruyeron cualquier intento honesto de regulación democrática de la industria, y dormir tranquilo pasó a ser privilegio de multimillonarios.
Y nosotros nos quedamos sin poder volver atrás, soñando spam en la siesta, violados en el inconsciente, padeciendo paronirias enfermizas y viviendo el día al día con ojeras y arrastrando el trauma de programadores oníricos sin ley ni límite.
Dormir en negro, o despertar sin recordar nada... Lejos de todo, valles remotos sin conexión satelital se poblaron con los últimos soñadores de verdad.

jueves, 25 de febrero de 2021

Máscara de gato

Cuando nos sugirieron entrevistarlo al viejo de las máscaras me sonó a pedorrada (incluso para la sección cultural del diario local, sí), pero después de googlearlo me quedé con una gran expectativa: ¿cómo es que había tanto debate, tanto amor y odio alrededor de un viejo octogenario que coleccionaba y fabricaba máscaras? Algunos le atribuían el poder de salvar vidas, otros lo tachaban de estafador desalmado, de enfermo mental, de poseído por demonios. Nos concedió una entrevista para el domingo, así que Manuel y yo cancelamos nuestros planes familiares y allá fuimos. Tenía un caserón grande, vestía como viejo de geriátrico y tenía la cara que uno puede esperar de un coleccionista de máscaras: surcada de arrugas expresivas, piel porosa formando nítidos contornos y rasgos amables fáciles de dibujar y difíciles de olvidar. Nos mostró las máscaras de todo el mundo que tenía en vitrinas y cajas, nos explicó de rituales, de teatro, de psicología. Manuel sacaba foto tras foto. Nos mostró sus creaciones, sus libros de catálogos, su jardín exótico. Nos sentamos a tomar una limonada casera y, mientras el viejo llamaba michi michi a su mascota, le pregunté por las máscaras humanas. Me miró de refilón y su gesto se volvió torvo. ¿Las que había comprado a los pigmeos, o las que le encargaban? Las dos, dije queriendo sonar conciliadora e imparcial. Nos explicó que había gente que perdía a un ser demasiado querido y que entonces él se encargaba de extraer cuidadosamente el rostro fresco, curarlo y montarlo sobre una máscara: así los viejos jubilados podían contemplar a su compañera de vida antes de dormir, los padres podían vestir a un muñeco con las ropas de su hija y montarles la máscara, y que incluso, sabía, había quienes pagaban a una prostituta para que usase el rostro ajeno durante su turno, pero lo que sus clientes hicieran ya no le incumbía. ¿Y las acusaciones?, pregunté. "No tuve nada que ver con los asesinatos", se atajó, "y la justicia lo probó. Quizás algún demente copió mis técnicas, no sabría decirte". Finalmente apareció su gatito bajo la sombra de un ciruelo, un gato de pelo negro y brillante que, apenas saltó sobre su regazo, nos mostró una carita que había sido desollada por completo. Nos miró con sus ojos amarillos en medio de una extensa cicatriz color carne. Manuel levantó la cámara pero un ademán prohibitivo nos dejó en claro que a su michi michi no le íbamos a sacar ninguna foto.

miércoles, 24 de febrero de 2021

Qué diría Enzo

Ahora te cobran el servicio por adelantado como si fuese un McDonal's. Solían ser el café más chic del centro, y miralos ahora cómo se rebajan. Hace cinco años yo venía acá con mis citas de tinder antes de invitarlas a mi departamento: capuchinos con dibujitos, tortas de mil calorías con pétalos de flores de sombrero, unas jarras hermosas de cuello largo con agua de canilla y rodajas de pepino. Tuve que cambiar de lugar porque, como un boludo, me enrosqué con dos de las mozas: una trabajaba los desayunos y la otra a la tarde. Anduvo bien hasta que renunció no sé quién y empezaron a cubrir almuerzos juntas los miércoles y los jueves. Caí un día con un ramo de rosas y el mozo (era el único varón del piso, pero no tenía pinta de homosexual) me atajó en la entrada y, con tacto, me sugirió no ingresar: adentro estaban las dos esperándome para comerme crudo. Supe que renunciaron al poco tiempo pero igual ya no volví: había movido mis operaciones a un cafetín viejo y olvidado sobre Las Heras, y el ambiente familiar, la atmósfera decadente de un lugar que supo tener el buen gusto de su época, los tangos de fondo, impresionaban tanto como cubos de azúcar con cursilerías grabadas a rayo láser. Les entraba por otro lado, digamos, y Enzo, el patrón, me trataba como un asiduo de toda la vida, como el hijo de un amigo, y más de una vez su interacción atrevida pero limitada con mis invitadas resultó clave para mi conquista final. Cambié un poco mi tárget, también yo me sentía con necesidad de cambiar de frivolidades, después vino la cuarentena eterna, me puse serio con la vecina del piso de arriba y recién ahora, años más tarde, volví a visitar estos dos cafés. Una vecina me dijo que Enzo fue en cana por abusar de su sobrina, el café estaba cerrado por remodelaciones. Y este otro café se vino tan a pique que te cobran en la caja, temerosos de que te escapes sin pagar. Ni los mozos parecen preocuparse de que la propina se gana por adelantado. Qué les diría Enzo.

martes, 23 de febrero de 2021

Cabezas de personas

Mi papá fue recolector de basura toda su vida: le permitió ganarse la dignidad propia, comprar un auto y nuestra casita. Fue uno de los trescientos decapitados en el Luna Park. Fue un golpe muy duro para todos nosotros. Me involucré con los conocidos incorrectos y perdí muchos años tras distintos estupefacientes. Mauro, viejo compañero de mi papá, me encontró una mañana dormido en la plaza y me reconoció. Me compró un desayuno, me invitó a su casa para ducharme y finalmente me consiguió un puesto de barrendero. Y mejoré, mejoré muchísimo, hasta que encontré la primera cabeza: resultó ser la de ese profesor de filosofía que desapareció en el camino a Santiago. No recaí en la droga pero falté al laburo por dos días. Hoy ya no me afecta tanto, pero cuando encuentro un bulto en una bolsa abandonada o envuelto en papel de diario, llamo a alguien más para que se ocupe: no me importa si en realidad es una vieja olla arrocera o una bolsa con joyas, las cabezas de personas no son basura para que un barrendero las junte.