Me acusarán de muchas cosas, pero jamás de futbolero ni de vegano. Sí, como proteína de soja cuando mi novia hace algo rico con ella, y sí, de chiquito veía a la selección durante un mundial.
Mi recuerdo más viejo de fútbol es del partido en que nos eliminaron en el 98, yo tenía siete años. Arrancó en la escuela, nos juntamos a un montón de alumnos frente a la tele más grande que había en un aula comúnmente vacía. Recuerdo tener vergüenza porque, mientras todo el mundo alrededor tenía camisetas de la selección, yo tenía una hecha en batik por mi hermana. Mis viejos nos bancaban educación privada pero no había para frivolidades. Vino a buscarme la combi que me llevaba a casa y, creo recordar, nos eliminaron ahí apenas llegué, y yo no entendía nada.
Mi memoria pega un salto a un partido contra algún país sin peso, que vi con mis compañeros del colegio durante un viaje escolar a Tandil, les dimos una goleada tan grande que había que inventar nuevas formas de divertirse tras cada pelotazo.
Pasaron los años, el fútbol me dio tan pocas satisfacciones que nada recuerdo, y emigré.
Mi primer mundial afuera lo viví en Nueva Zelanda y me perdí cada puto partido. Estaba obsesionado con ahorrar guita y tenía dos laburos: de lunes a viernes me levantaba antes de las seis y volvía después de ocho o diez horas de trabajo en construcción, y de diez a medianoche, seis veces por semana, limpiaba el hostel donde me alojaban.
La final la seguí con el celular (el primer smartphone que tuve en mi vida, que se me cayó bajo la aplanadora que manejaba a la semana de comprármelo) y como los planes de internet eran carísimos, veía el minuto a minuto. Algunos de mis colegas me dieron el pésame más tarde.
Ahí rendí mis esperanzas y dejé de creer.
El mundial siguiente me encontró en Francia, no miré ni un partido, ¿para qué?, tuve la excusa de tener que trabajar en cada ocasión o casi, y me encogí de hombros durante cuatro años ante cada comentario que un franchute soltó al saber mi nacionalidad. Dos mil veintidós fue lo mismo, no vi ni un partido, ya casi con cierto orgullo de que me chupara un huevo, viviendo tranquilo en Santander.
Pero de repente estábamos otra vez en la final y yo ya no tenía excusas, ni de horarios ni laborales, para no verla.
Vivíamos con mi novia en un piso casi vacío, apenas amueblado, lo de Santander era un pasaje burocrático que se extendió un año. Puse la compu en la mesita ratona de Ikea y me senté con indiferencia en el sofá verde. Y mi novia, que andá a saber qué hacía allá en la mesa principal, vio cómo me transformé otra vez en un argentino ante una pantalla con fútbol.
Nunca me había visto gritar, putear y llorar desquiciado. ¡Y para menos, la concha de tu madre, con esa final miocárdica ante los últimos campeones! Alejado de mis compatriotas, sólo en un depto casi vacío en una ciudad geriátrica al norte de España donde no conocí a ningún otro argentino, bailé y sacudí los brazos el resto de la noche y me asomé al balcón a comprobar que Santander seguía indiferente. Campeones, amor, les arrebatamos la copa.
Hace dos años nos sentamos y vimos juntos la peli Muchachos, y entendió. Colmado de una euforia que no entendía busqué los textos que Casciari le dedicó a Leo porque no quería dejar de sentirme así. Amor amor, le dije al rato, dejá todo que tengo que leerte esto. Messi es un perro primero, y La valija de Lionel después, así al hilo y apenas salteándome un poco el relleno, volví a llorar con ese orgullo enquistado de que la vida es más hermosa siendo argentino.
Este mundial me tiene otra vez en Francia, otra vez en una ciudad donde no confraternicé con latinos. Volví a ignorar los partidos, pero esta vez por cábala. ¿Qué hubiese pasado si en vez de ir a volcar concreto en Christchurch me quedaba en el hostel para ver la final contra Alemania allá en el 2014? ¿Voy a correr riesgos otra vez? Las cábalas no existen, me repito, no son más que una válvula cerebral para creer que importamos, que somos relevantes, que podemos afectar el destino al que le somos indiferentes...
¿Pero y si perdíamos por mi culpa?
Me mantuve casi estoico hasta hace unos días, chusmeando los comentarios en el whatsapp familiar, viendo los highlights de dos minutos de partidos que a mi país le ensancharon las venas. Me alegraba de forma contenida y me prometía que si llegaba a la final, la miraba.
Pero mierda, la semifinal era contra Inglaterra, y mi estoicismo entró en conflicto directo con mi corazón.
Unas horas antes del partido jugamos al Age of Empires con uno de mis hermanos. Siempre vamos de Francos los dos, pero esta vez el gordo eligió jugar con Britones. ¿Lo hacés a propósito?, le pregunté. Aguantamos un primer embate pero el enemigo nos arrasó. Igual, mientras jugábamos, me convenció: este partido hay que verlo.
Otra vez solo en mi departamento, este que ahora amueblamos con amor, gritando y saltando: ¡la tenés adentro, gringo go home y las Malvinas, argentinas!
Desde ese momento dedico mi atención a videos de Messi y de la selección, reenvío mil reels de instagram sobre fútbol y la hinchada más grande a gente que sé que no me va a bloquear tan fácil. Me acuesto tempranito como europeo y me desmadrugo como argento pegado al celular porque quiero ver un poquito más, oír la canción otra vez, quizás en el siguiente video me entere de algún detalle que no sabía porque claro, ya llevo doce años afuera.
Esta noche es la final, Argentina contra España, y ya sé a qué bar latino voy a ir con mi única remera color azul, a la que hace rato convertí en musculosa. Pero antes, ahora en un rato, voy a jugar un Age con mi hermano, que por primera vez va a ir con los Españoles. Ni él ni yo somos cabaleros eh, ¿pero qué daño hace, che, pasar un rato entre hermanos?
Gracias, Argentina. Gracias, fútbol. Gracias, Messi, Scaloni, selección entera. Volví a creer.