domingo, 19 de julio de 2026

Volví a creer

Me acusarán de muchas cosas, pero jamás de futbolero ni de vegano. Sí, como proteína de soja cuando mi novia hace algo rico con ella, y sí, de chiquito veía a la selección durante un mundial.

Mi recuerdo más viejo de fútbol es del partido en que nos eliminaron en el 98, yo tenía siete años. Arrancó en la escuela, nos juntamos a un montón de alumnos frente a la tele más grande que había en un aula comúnmente vacía. Recuerdo tener vergüenza porque, mientras todo el mundo alrededor tenía camisetas de la selección, yo tenía una hecha en batik por mi hermana. Mis viejos nos bancaban educación privada pero no había para frivolidades. Vino a buscarme la combi que me llevaba a casa y, creo recordar, nos eliminaron ahí apenas llegué, y yo no entendía nada.

Mi memoria pega un salto a un partido contra algún país sin peso, que vi con mis compañeros del colegio durante un viaje escolar a Tandil, les dimos una goleada tan grande que había que inventar nuevas formas de divertirse tras cada pelotazo.

Pasaron los años, el fútbol me dio tan pocas satisfacciones que nada recuerdo, y emigré.

Mi primer mundial afuera lo viví en Nueva Zelanda y me perdí cada puto partido. Estaba obsesionado con ahorrar guita y tenía dos laburos: de lunes a viernes me levantaba antes de las seis y volvía después de ocho o diez horas de trabajo en construcción, y de diez a medianoche, seis veces por semana, limpiaba el hostel donde me alojaban.

La final la seguí con el celular (el primer smartphone que tuve en mi vida, que se me cayó bajo la aplanadora que manejaba a la semana de comprármelo) y como los planes de internet eran carísimos, veía el minuto a minuto. Algunos de mis colegas me dieron el pésame más tarde.

Ahí rendí mis esperanzas y dejé de creer.

El mundial siguiente me encontró en Francia, no miré ni un partido, ¿para qué?, tuve la excusa de tener que trabajar en cada ocasión o casi, y me encogí de hombros durante cuatro años ante cada comentario que un franchute soltó al saber mi nacionalidad. Dos mil veintidós fue lo mismo, no vi ni un partido, ya casi con cierto orgullo de que me chupara un huevo, viviendo tranquilo en Santander.

Pero de repente estábamos otra vez en la final y yo ya no tenía excusas, ni de horarios ni laborales, para no verla.

Vivíamos con mi novia en un piso casi vacío, apenas amueblado, lo de Santander era un pasaje burocrático que se extendió un año. Puse la compu en la mesita ratona de Ikea y me senté con indiferencia en el sofá verde. Y mi novia, que andá a saber qué hacía allá en la mesa principal, vio cómo me transformé otra vez en un argentino ante una pantalla con fútbol.

Nunca me había visto gritar, putear y llorar desquiciado. ¡Y para menos, la concha de tu madre, con esa final miocárdica ante los últimos campeones! Alejado de mis compatriotas, sólo en un depto casi vacío en una ciudad geriátrica al norte de España donde no conocí a ningún otro argentino, bailé y sacudí los brazos el resto de la noche y me asomé al balcón a comprobar que Santander seguía indiferente. Campeones, amor, les arrebatamos la copa.

Hace dos años nos sentamos y vimos juntos la peli Muchachos, y entendió. Colmado de una euforia que no entendía busqué los textos que Casciari le dedicó a Leo porque no quería dejar de sentirme así. Amor amor, le dije al rato, dejá todo que tengo que leerte esto. Messi es un perro primero, y La valija de Lionel después, así al hilo y apenas salteándome un poco el relleno, volví a llorar con ese orgullo enquistado de que la vida es más hermosa siendo argentino.

Este mundial me tiene otra vez en Francia, otra vez en una ciudad donde no confraternicé con latinos. Volví a ignorar los partidos, pero esta vez por cábala. ¿Qué hubiese pasado si en vez de ir a volcar concreto en Christchurch me quedaba en el hostel para ver la final contra Alemania allá en el 2014? ¿Voy a correr riesgos otra vez? Las cábalas no existen, me repito, no son más que una válvula cerebral para creer que importamos, que somos relevantes, que podemos afectar el destino al que le somos indiferentes...

¿Pero y si perdíamos por mi culpa?

Me mantuve casi estoico hasta hace unos días, chusmeando los comentarios en el whatsapp familiar, viendo los highlights de dos minutos de partidos que a mi país le ensancharon las venas. Me alegraba de forma contenida y me prometía que si llegaba a la final, la miraba.

Pero mierda, la semifinal era contra Inglaterra, y mi estoicismo entró en conflicto directo con mi corazón.

Unas horas antes del partido jugamos al Age of Empires con uno de mis hermanos. Siempre vamos de Francos los dos, pero esta vez el gordo eligió jugar con Britones. ¿Lo hacés a propósito?, le pregunté. Aguantamos un primer embate pero el enemigo nos arrasó. Igual, mientras jugábamos, me convenció: este partido hay que verlo.

Otra vez solo en mi departamento, este que ahora amueblamos con amor, gritando y saltando: ¡la tenés adentro, gringo go home y las Malvinas, argentinas!

Desde ese momento dedico mi atención a videos de Messi y de la selección, reenvío mil reels de instagram sobre fútbol y la hinchada más grande a gente que sé que no me va a bloquear tan fácil. Me acuesto tempranito como europeo y me desmadrugo como argento pegado al celular porque quiero ver un poquito más, oír la canción otra vez, quizás en el siguiente video me entere de algún detalle que no sabía porque claro, ya llevo doce años afuera.

Esta noche es la final, Argentina contra España, y ya sé a qué bar latino voy a ir con mi única remera color azul, a la que hace rato convertí en musculosa. Pero antes, ahora en un rato, voy a jugar un Age con mi hermano, que por primera vez va a ir con los Españoles. Ni él ni yo somos cabaleros eh, ¿pero qué daño hace, che, pasar un rato entre hermanos?

Gracias, Argentina. Gracias, fútbol. Gracias, Messi, Scaloni, selección entera. Volví a creer.

domingo, 18 de julio de 2021

Fin de fiesta

La copa ascendía con pereza hacia mis labios. No por sed ni ganas de embriagarme, sino por la social necesidad de aparentar interés en el entorno. La música no estaba mal (una pareja casi adolescente la calificó de retro) aunque sí un poco fuerte, las luces todavía permitían navegar entre la gente sin accidentes (aunque sabía que en media hora empezaban los flashes y el vértigo fluorescente), el maquillaje ajeno continuaba donde lo habían aplicado (el mío era poquísimo), las camisas seguían impolutas y por dentro del cinto, las miradas no habían perdido foco ni disimulaban estupor. Un bar animado, terraza sobre el mar, nubes que se acercaban desde el horizonte para explotar al alba, coctails de precios excluyentes pero cerveza barata que atraía la camorra necesaria. La copa se frenó a centímetros de mi cara. Por qué fingir, me cuestioné otra vez. Hice un amague de tirar la copa al suelo (algún empleado atento llegaría con escoba en segundos), pero también el amague se detuvo. Cuál era la necesidad de demostrar despecho, reflexioné. Entonces empiné el último trago con apuro profesional, sin alzar el codo como hacen los borrachos, dejé la copa en la mesa más cercana y, del fondo de mi cartera, camino a la salida, apuré un paquete de cigarillos y otro de carilinas.

jueves, 15 de julio de 2021

A mitad de camino

En el pueblo nos siguen llamando exploradores aunque la última generación que realmente exploró fue la de mi tátara abuelo. Hace ya cien años que nuestro trabajo consiste en despejar los caminos que ellos abrieron, luchar contra el bosque y los ríos.
Siete senderos nacen en la plaza del pozo, y se abren desde el pueblo como una estrella. Cada camino lleva a un pueblo distinto, y los exploradores de cada uno se encargaban de mantener las buenas condiciones desde sus murallas hasta el punto medio: vía de comercio cuando alguna plaga o peste arruinaba los cultivos, y ruta de escape en caso de una invasión de Salvajes.
Desde el último avistamiento de Salvajes, todos en el pueblo tienen los ojos puestos en la ruta que estamos despejando ahora, porque seis de los siete caminos hoy son instransitables: el bosque ocupó su lugar del meridiano en adelante. Los demás pueblos sucumbieron o se olvidaron de nosotros.
Los caminos son largos y el bosque crece a velocidades inauditas, los ríos se desbordan periódicamente y voltean puentes y modifican los pasos. Toma un año entero al equipo de exploradores reacondicionar un camino y volver al pueblo: hasta que no alcanzamos el hito central de la vía no sabemos si los exploradores vecinos hicieron su trabajo en los últimos siete años.
Llegamos. El bosque se extiende por todos lados, abandonado. Nuestra única salida está bloqueada.
"Los dos más viejos", dije sin soltar las herramientas, "vuelvan a casa y cuenten lo que vieron. Nosotros vamos a seguir adelante. Vamos, exploradores."

miércoles, 14 de julio de 2021

Paroniria

Nos prometieron el fin de la frustración de dormir y soñar incoherencias y olvidarlo casi todo. La idea era simple: elegís qué soñar, cuanto más pagues, más personalizado el sueño.
La adicción fue rápida: cansado de soñar dos veces por semana con las mismas peleas contra dragones, las mismas orgías con las mismas celebridades, los mismos viajes espaciales, pagabas un bonus para elegir el tamaño y el color del dragón, para desbloquear una nueva celebridad y para que la nave espacial fuera idéntica a la de Star Trek.
Después, cansado de que los sueños terminasen todos igual, pagabas un plus por añadir eventos innovadores, fusionar historias, reproducir alguna memoria específica previa extracción del córtex.
Y cansado a fin de mes de tus propias elecciones, de conocer de antemano todo, pagabas, su podías, a algún escritor para que introdujera, noche a noche, una nueva historia inédita.
El boom fue instantáneo y la demanda se modificó todos los sectores del entretenimiento: guionistas reciclados abrieron sus consultoras y se volvieron millonarios, y a su vez cualquier donnadie podía, por diez dólares, comprar treinta sueños programados por un pakistaní sin imaginación. Las productoras de cine y pornografía se reestructuraron enseguida, pero no pudieron monopolizar el negocio: cualquiera podía aprender a escribir sueños, la calidad narrativa era el único lujo.
Las medidas de seguridad resultaron débiles y los oportunistas no perdieron un segundo en invadir servers con toda clase de pesadillas. Escándalos se sucedieron uno al otro: deportistas que despertaban exhaustos previo a una final, políticos que perdían la compostura pública luego de sueños pedófilos, proselitismo de campaña incesante previas elecciones.
Las grandes compañias de tecnología destruyeron cualquier intento honesto de regulación democrática de la industria, y dormir tranquilo pasó a ser privilegio de multimillonarios.
Y nosotros nos quedamos sin poder volver atrás, soñando spam en la siesta, violados en el inconsciente, padeciendo paronirias enfermizas y viviendo el día al día con ojeras y arrastrando el trauma de programadores oníricos sin ley ni límite.
Dormir en negro, o despertar sin recordar nada... Lejos de todo, valles remotos sin conexión satelital se poblaron con los últimos soñadores de verdad.

jueves, 25 de febrero de 2021

Máscara de gato

Cuando nos sugirieron entrevistarlo al viejo de las máscaras me sonó a pedorrada (incluso para la sección cultural del diario local, sí), pero después de googlearlo me quedé con una gran expectativa: ¿cómo es que había tanto debate, tanto amor y odio alrededor de un viejo octogenario que coleccionaba y fabricaba máscaras? Algunos le atribuían el poder de salvar vidas, otros lo tachaban de estafador desalmado, de enfermo mental, de poseído por demonios. Nos concedió una entrevista para el domingo, así que Manuel y yo cancelamos nuestros planes familiares y allá fuimos. Tenía un caserón grande, vestía como viejo de geriátrico y tenía la cara que uno puede esperar de un coleccionista de máscaras: surcada de arrugas expresivas, piel porosa formando nítidos contornos y rasgos amables fáciles de dibujar y difíciles de olvidar. Nos mostró las máscaras de todo el mundo que tenía en vitrinas y cajas, nos explicó de rituales, de teatro, de psicología. Manuel sacaba foto tras foto. Nos mostró sus creaciones, sus libros de catálogos, su jardín exótico. Nos sentamos a tomar una limonada casera y, mientras el viejo llamaba michi michi a su mascota, le pregunté por las máscaras humanas. Me miró de refilón y su gesto se volvió torvo. ¿Las que había comprado a los pigmeos, o las que le encargaban? Las dos, dije queriendo sonar conciliadora e imparcial. Nos explicó que había gente que perdía a un ser demasiado querido y que entonces él se encargaba de extraer cuidadosamente el rostro fresco, curarlo y montarlo sobre una máscara: así los viejos jubilados podían contemplar a su compañera de vida antes de dormir, los padres podían vestir a un muñeco con las ropas de su hija y montarles la máscara, y que incluso, sabía, había quienes pagaban a una prostituta para que usase el rostro ajeno durante su turno, pero lo que sus clientes hicieran ya no le incumbía. ¿Y las acusaciones?, pregunté. "No tuve nada que ver con los asesinatos", se atajó, "y la justicia lo probó. Quizás algún demente copió mis técnicas, no sabría decirte". Finalmente apareció su gatito bajo la sombra de un ciruelo, un gato de pelo negro y brillante que, apenas saltó sobre su regazo, nos mostró una carita que había sido desollada por completo. Nos miró con sus ojos amarillos en medio de una extensa cicatriz color carne. Manuel levantó la cámara pero un ademán prohibitivo nos dejó en claro que a su michi michi no le íbamos a sacar ninguna foto.

miércoles, 24 de febrero de 2021

Qué diría Enzo

Ahora te cobran el servicio por adelantado como si fuese un McDonal's. Solían ser el café más chic del centro, y miralos ahora cómo se rebajan. Hace cinco años yo venía acá con mis citas de tinder antes de invitarlas a mi departamento: capuchinos con dibujitos, tortas de mil calorías con pétalos de flores de sombrero, unas jarras hermosas de cuello largo con agua de canilla y rodajas de pepino. Tuve que cambiar de lugar porque, como un boludo, me enrosqué con dos de las mozas: una trabajaba los desayunos y la otra a la tarde. Anduvo bien hasta que renunció no sé quién y empezaron a cubrir almuerzos juntas los miércoles y los jueves. Caí un día con un ramo de rosas y el mozo (era el único varón del piso, pero no tenía pinta de homosexual) me atajó en la entrada y, con tacto, me sugirió no ingresar: adentro estaban las dos esperándome para comerme crudo. Supe que renunciaron al poco tiempo pero igual ya no volví: había movido mis operaciones a un cafetín viejo y olvidado sobre Las Heras, y el ambiente familiar, la atmósfera decadente de un lugar que supo tener el buen gusto de su época, los tangos de fondo, impresionaban tanto como cubos de azúcar con cursilerías grabadas a rayo láser. Les entraba por otro lado, digamos, y Enzo, el patrón, me trataba como un asiduo de toda la vida, como el hijo de un amigo, y más de una vez su interacción atrevida pero limitada con mis invitadas resultó clave para mi conquista final. Cambié un poco mi tárget, también yo me sentía con necesidad de cambiar de frivolidades, después vino la cuarentena eterna, me puse serio con la vecina del piso de arriba y recién ahora, años más tarde, volví a visitar estos dos cafés. Una vecina me dijo que Enzo fue en cana por abusar de su sobrina, el café estaba cerrado por remodelaciones. Y este otro café se vino tan a pique que te cobran en la caja, temerosos de que te escapes sin pagar. Ni los mozos parecen preocuparse de que la propina se gana por adelantado. Qué les diría Enzo.

martes, 23 de febrero de 2021

Cabezas de personas

Mi papá fue recolector de basura toda su vida: le permitió ganarse la dignidad propia, comprar un auto y nuestra casita. Fue uno de los trescientos decapitados en el Luna Park. Fue un golpe muy duro para todos nosotros. Me involucré con los conocidos incorrectos y perdí muchos años tras distintos estupefacientes. Mauro, viejo compañero de mi papá, me encontró una mañana dormido en la plaza y me reconoció. Me compró un desayuno, me invitó a su casa para ducharme y finalmente me consiguió un puesto de barrendero. Y mejoré, mejoré muchísimo, hasta que encontré la primera cabeza: resultó ser la de ese profesor de filosofía que desapareció en el camino a Santiago. No recaí en la droga pero falté al laburo por dos días. Hoy ya no me afecta tanto, pero cuando encuentro un bulto en una bolsa abandonada o envuelto en papel de diario, llamo a alguien más para que se ocupe: no me importa si en realidad es una vieja olla arrocera o una bolsa con joyas, las cabezas de personas no son basura para que un barrendero las junte.

lunes, 22 de febrero de 2021

Nervios

Escuché alguna vez que muchos cantantes famosos y de larga trayectoria tienen ataques de nervios cada vez que se están por subir a un escenario, que temen que todo salga mal cuando nunca jamás salió todo mal: hasta que no están ahí, cantando, y todo está bien, les es imposible liberarse de esa duda.

A mí me pasa parecido con la luz del baño: el botón está afuera y como la lamparita es de esas que se calientan antes de encenderse, ingreso al baño a oscuras mientras la puerta se cierra lentamente y la claridad exterior me ayuda en esa transición. Nunca me falló la lamparita ni existen demasiadas posibilidades de sucesos extraordinarios en mi baño, pero cada vez que voy tengo el miedo en el cuerpo de que la puerta termine cerrándose y que la luz simplemente no se encienda, de quedar perplejo en una negrura absoluta y de que unas manos enemigas me ataquen súbitamente sin que yo pueda defenderme.

viernes, 8 de enero de 2021

El niño del río

Todos los ríos tienen su consciencia, desde los ríos primordiales de la civilización (Tigris y Éufrates, Nilo, Ganges, Amarillo, Indo, Mississippi, Rin, Danubio, etcétera) hasta los tímidos ríos de montaña. Todavía oímos historias de hadas en el agua, de la Dama del Río, de ninfas, de ogros acuáticos, pero nadie conoce el origen de estos seres y leyendas.

Yo estudié el fenómeno toda mi vida, nací junto a la naciente del río más ancho del mundo, donde el Paraná y el Uruguay se hacen un mar dulce, y viví décadas a orillas de ríos de la China, la India y Europa, cazando estas visiones. Nunca entendí de dónde venían estos seres eclécticos que protegían, embrujaban o lloraban bajo el agua, pero hoy lo sé: el que se ahoga en un río (sea persona o animal) deja salir su cuerpo a flote, eventualmente, pero sus almas se quedan en los causes eternamente. Las subidas, las sequías, los remolinos y las precipitaciones los van moldeando y mezclando, integrando, separando y unificando.

Lo sé porque esta mañana mi hijo, que hace un año cayó al agua del Po en mi descuido, reptó desde la orilla, la cabeza llena de fango, para morderme la mano, sonreírme y desaparecer otra vez, para siempre.

jueves, 7 de enero de 2021

En medio del trance

La costanera estaba en su hora de apogeo, miles de personas como hormigas se desplazaban de la playa a los bares, de las oficinas a la playa, de un shop de souvenirs al siguiente, de una barra frutal a un puesto ambulante de kebabs. Yo ocupaba mi banco frente a las olas, los cuerpos bronceándose y las gaviotas hambrientas. Llevaba cuatro horas ahí, incapaz de moverme ni de pedir ayuda, pero nadie me veía. De tanto pensar descubrí lo que me pasaba: el chico del didgeridoo era el responsable. No era la primera vez que lo oía tocar ininterrumpidamente su instrumento, que maravillosamente obnubilaba la música dispar que cada comercio dejaba escapar de sus altavoces y el bochinche peatonal. ¿Habría pasado yo, alguna vez, junto a una persona prisionera de su encanto, sin notarlo? Era muy probable. igual que casi todo el mundo, yo evitaba las interacciones con extraños: estaba ahí para ver el mar en un día lindo de sol, nada más. Al menos, pensé, no me dolía el cuerpo por la inmovilidad: el soplido del didgeridoo me negaba todo acceso a mi cuerpo, incluyendo sensaciones. En la arena una turista que había estado bronceándose los senos luchaba ahora por encerrarlos en la bikini. Si tuviese una erección, ¿la sentiría? Saber que no iba a morir me había relajado: si todos los días moría alguien misteriosamente alrededor del chico del didgeridoo yo ya me hubiese enterado. Y aunque él dominase a la perfección para respirar sin dejar de soplar, tarde o temprano tendría que dejar de tocar su instrumento, ir al baño, ordenar un kebab, volver a su casa... Lo único que me daba miedo, la idea que me aterraba, eran las consecuencias de quedarme dormido en medio del trance, cuando la gente se esparciera y la monotonía de la música y las olas me ganara por completo...

miércoles, 6 de enero de 2021

Pesto

Compré una planta de albahaca por un euro con cincuenta. Quizás sea más de una planta, quizá sean diez plantitas dentro de la misma maceta. Al volver a casa la puse sobre una pila de manuales junto a la ventana: ahí va a recibir luz desde el alba hasta la mediatarde. El sol se pierde en la frondosidad en pequeña escala de su centenar de hojitas verdes y frescas, y y la plantita parece brillar desde adentro como el mismo sol de la Italia meridional. Ese mismo día me di cuenta la diferencia trascendente que aportaba la planta de albahaca al departamento, como un espejo festivo, una ensalada de verano, un aire de fin de invierno. Decidí llamarla Pesto y empecé a regarla todos los días. Así pesto creció como una fogata de salud, y a la semana le hice su primer regalo: compré una macetita de terracota por tres euros a un artesano y la trasplanté. Lo hice justo a tiempo, observé admirado, porque ya se asomaban, por distintos orificios en la base de la maceta plástica en que venía, varios mechones de raíces, blancos tentáculos de meduca curiosa. El cambio le sentó bien a Pesto: ahora tenía más espacio para expandirse y nueva tierra para incursionar. Y la vi inflamarse junto a la ventana, día a día, como un dragón que respira sus primeros alientos después de haber dormido cien años. Según Wikipedia Pesto medía dos veces y media la altura estándar de las albahacas. Una mañana me conecté tarde al trabajo porque la selva de albahaca bloqueaba todo el sol de la ventana. Y cuando necesité consultar el manual de Java sobre el que reposaba la maceta, no pude moverlo: las raíces habían horadado la terracota y el platito de cerámica y se aferraban como garras a la mitad de la biblioteca. Me acerqué con tijeras para liberar mis libros y, cuando me agaché para comenzar, sentí un suave golpe en la mano, preventivo. Me quedé contemplando la mata de albahaca. Algunas hojas eran más amplias que mi cara. Y supe que era hora de que Pesto honrara su nombre y terminara en un plato de fideos.

martes, 5 de enero de 2021

Perros, gatos, humanos

Desde el inicio de la humanidad debatimos (y nos batimos cuando no estamos de acuerdo) sobre qué pasa al morirnos. Que el paraíso, que el infierno, que reencarnamos sucesivamente hasta llegar al Nirvana, que etcétera. Y el ateísmo y su creencia que la consciencia se desvanece en la nada es, en realidad, un concepto muy reciente: quizás fuera la consciencia de la propia alma trascendente (y no pulgares oponibles, bipedismo vertical ni capacidad del habla) lo que nos separó como especie de los demás homínidos. Hay un detalle que nadie parece recordar: cuando aparecimos los humanos, no lo hicimos solos: con nosotros aparecieron los perros y los gatos, canes y felinos salvajes que dejaron de ser bestias para formar parte de la familia humana, de la comunidad. Y, de nuevo, hoy en día nadie comprende lo importante de esta coincidencia, pero en los primeros tiempos sí comprendían. Nuestros lazos con las mascotas son especiales, pero con perros y gatos se dan vínculos especiales... De nuevo, hoy entendemos todo mal: cuando alguien muere y deja atrás un alma inquieta, incompleta, atormentada, furiosa, vacía de afecto o sedienta de venganza, ese alma no se convierte en un espejismo ambulante que sólo se manifiesta a medianoche. No, esos espíritus son de otra naturaleza. Cuando alguien muere y no se quiere ir, recibe una segunda y única oportunidad: tomar forma de perro o de gato, volver y buscar fortuna, saciedad, felicidad.

martes, 22 de diciembre de 2020

Inconcluíme

Me levanté tarde, el sol pegaba sobre la almohada y me produjo el mismo efecto de limbo que me producía el despertar en la casa de Sofía, mi exnovia. Me senté en la cama, me desperecé y el olor del castillo (olor de piedra erosionada durante trescientos años, olor de tapiz apolillado y cera para parqué) me sacó del limbo: era lunes, la gente del casamiento se estaba yendo y había que limpiar todo. Me asomé por la ventana: el sol bañaba todo el césped de los jardines, las ligustrinas brillaban como venecitas, la brisa chusmeaba entre los cedros del bosquecito, y el estacionamiento estaba completamente desierto. Corrí escaleras abajo y después de vaciar completamente los contenidos del armario de limpieza en medio del corredor, fui a la cocina, abrí la canilla del agua caliente en una bacha llena de vajilla demasiado delicada para la máquina, y mientras se llenaba me serví el fondo del café que había quedado del fin de semana. La taza estaba cascada, procuré darle un sorbo del otro costado. Noté algo extraño en el paladar pero podía tratarse de que café frío era mi primera ingesta matutina. Apresurado sumergí un segundo trago en la garganta y me fui corriendo con la escoba, el lampazo, la aspiradora, el tacho, la palita y el plumero nuevo bajo el brazo directo al segundo piso. ¿Qué pasaría si ahora, con el castillo vacío hasta mañana, el mango de la escoba o la manija de la aspiradora se enganchara en uno de los arabescos de la baranda de la escalera central y me cayera de espaldas?

Mapa sin nombre

Llegó por correo a nombre de mi hermano cuando todavía estaba por nacer. Aunque, a decir verdad, todavía entraban entre Emanuel, Miguel y Eugenio. Gracias a la carta se decidieron por Emanuel. Correo internacional, el remitente estaba escrito en un alfabeto que desconocíamos y nadie pudo descifrar. Adentro había un mapa que, desplegado, tenía como dos por dos metros. Marcaba con increíble detalle ciudades, aldeas, montañas, ríos, rutas de todo tamaño y cada accidente natural por insignificante que fuera... pero todos los nombres propios habían sido quirúrgicamente borrados, como si con la punta de una aguja fina hubieran raspado el papel laminado en el área precisa de cada letra, extrayendo la toponimia y dejando el resto intacto. La segunda cosa curiosa fue que (nos dimos cuenta al mes de haber nacido Emanuel) no tenía rosa de los vientos ni puntos cardinales marcados de ninguna forma. ¿Arriba era el Norte? ¿Abajo el Sur? ¿O era sud sudoeste y medio?

Ema nació con una condición muy mala: los doctores dijeron que no iba a superar los veinte, veinticinco años como mucho. Por eso a los dieciséis salimos los dos, con mochilas, abrigos y gorras, a explorar el mundo y encontrar la geografía de aquel mapa y el misterioso padrino que nos obligó a la aventura.

domingo, 20 de diciembre de 2020

Alma de taza, cerebro de microondas

Hoy veo el sol respirar sobre mi taza de té y puedo imaginar que las cosas hechas a mano toman parte de la vida del artesano. Algo así hay en los mitos de creación: haciendo uno da vida, uno infunde su propio espíritu en lo que hace, uno imprime su huella característica. Y puedo imaginar que las cosas tienen vida: tienen sus diminutas consciencias de objeto, se comunican entre sí, se alegran de servir a los humanos, sus hacedores. No es difícil ver todo esto y entender que los hombres de antes hayan pensado de forma similar...
Sólo que desde la industrialización las cosas se volvieron idiotas: reciben menos contacto humano, son tratadas en masa como esclavos en una dictadura desalmada. Hoy tenemos objetos que llegan a nosotros sin haber estado en contacto, previamente, con la piel de nadie: máquina tras máquina tras máquina, dedos fríos enguantados en látex, cuando finalmente salen de la bolsita plástica y la caja de cartón en las que permanecieron durante meses, estos objetos tienen una mente convulsionada con recuerdos de haber sido extraídos de las entrañas del mundo con violencia pero nunca una caricia, una mirada consoladora, una palabra de aliento... Y junto a ellos, en el mismo estante, hay un objeto inteligente, un aparato de cerebro electrónico sin una pizca de humanidad. ¿Cuán difíciles de radicalizar creés que sean las mentes de los objetos que compraste online?
Los primeros hombres fabricaban cosas y las atesoraban y descubrieron las historias de la creación. Entonces no es raro que nuestra generación sea la primera en temer que lo que creamos, un día, se revele contra nosotros.

sábado, 19 de diciembre de 2020

Barney Gomez

Uno no puede andar por la vida en una ciudad haciendo el esfuerzo de imaginarse la compleja vida interna, el pasado, los temores, las ilusiones de cada persona que se cruza en su camino. Sé, así intelectualmente y de forma abstracta, que todos están igual de cargados que yo, a mi mismo nivel. Lo sé, lo entiendo, pero en la vida diaria, en el plano práctico de las cosas, esa mujer que colapsó ayer en el local porque alguien confundió la decoración de la torta de cumpleaños de su hijo es, simplemente, una llorona. Y el que nos viene a cobrar el alquiler es simplemente un cerdo codicioso que hace comentarios acordes, y el que barre la vereda nació para barrer la vereda. 

No hay nada de malo en que, para los demás, yo sea la gordita del local de tortas raras. Quizás asuman que, como me dedico profesionalmente a crear postres extravagantes, dentro de mi cabeza sucedan más cosas que dentro de la cabeza del barrendero, pero lo dudo.

Ayer, mientras terminábamos de cerrar el local, pasó el vagabundo de la avenida a ver si tenía algo dulce para él. O eso creí: al acercársenos le vimos una sonrisa inusual. Traía unas florcitas en la mano, de esas cositas silvestres que crecen en la vereda de la plaza, y nos dio una a a Mirta y otra a mí. No nos explicó por qué el regalo ni su felicidad. Mirta le dijo que era linda pero que no iba a sobrevivir las dos horas de viaje en transporte público ahí, en su mano, y el hombro sacó entonces dos botellitas de cerveza de un bolsillo, las puso en nuestras manos, sacó una botella de agua mineral de otro lugar y vertió un poco en cada una, cuidadosamente, hasta que los porroncitos sirvieran de florero. Sólo atinamos a decirle gracias y él se fue tarareando algo alegre. Mirta me miraba con alguna sugerencia sexual en su mente como única explicación, pero la verdad es que ni ella ni yo, en cien años, podríamos adivinar o comprender por qué nos regaló esas dos florcitas, ni cómo previó lo de las botellitas. De igual forma ni Mirta ni el hombre que cobra el alquiler van a entender por qué yo decidí prepararme un cupcake de vainilla relleno de somníferos y acostarme en el balcón para morir mirando una florcita silvestre en una botella de cerveza.

viernes, 18 de diciembre de 2020

La confesión de la abuela borracha

La abuela nunca tomaba demasiado, y no recuerdo haberla visto borracha como aquella noche. Entonces entendí el porqué de su abstinencia: ebria la abuela confesaba cosas escondidas en sus cajones más profundos. "Yo siempre clasifiqué a las personas de un golpe de vista", fue su primera revelación, "entre posibles asesinos y posibles víctimas. Entre gente capaz de matar (llegado el caso), y gente que se dejaría matar antes que hacerle lo mismo a otro". Nos contemplamos entre todos, incapaces de creer que la abuela dividiera así el mundo a su paso, y preguntándonos de qué bando estaríamos. Yo, potencial asesino, explicó ella. Mi hermana también. Papá no: por eso le permitió ser su yerno. Y se rio con ganas cuando le preguntamos por ella misma: ¿ejecutora o ejecutada? "No puedo saberlo", dijo compungida: se miraba al espejo e intentaba verse como a un extraño, pero un día era una cosa y al otro cambiaba. "La única forma de saberlo es hacer la prueba real", concluyó, y soltó una risita infantil mientras tanteaba en busca de su copa.

viernes, 11 de diciembre de 2020

Los regalos de mi abuelo

Mi abuelo fue marino mercante toda su vida. Mis cuatro hermanos heredaron la aversión de papá hacia él: padre ausente, abuelo con culpa decía para hacernos sentir mal de los regalos que nos traía en sus escasas visitas. Yo, única mujer en la familia, entendí lo mal que se había sentido mi abuela y por qué mi papá no podía perdonarlo, pero no podía dejar de quererlo a mi abuelo. Por eso, desde los seis hasta los trece (edad que tenía yo cuando él falleció), sus visitas a la familia se convirtieron, en realidad, en una excusa para verme. Me contaba historias fantásticas de lo que había visto en sus viajes y a veces me hacía sentir urgencia de escribir su biografía, idea ante la cual se reía.

Para mi sexto cumpleaños mi abuelo me regaló el viejo termómetro de su primer barco. "Pero no marca bien la temperatura" observé, viendo que indicaba quince grados estando en febrero. "No la de hoy", explicó, guiñando un ojo. Yo lo guardé pensando en atesorarlo como trasto inútil. Para mi séptimo cumpleaños me regaló el barómetro del mismo barco. "¿Funciona?", pregunté escéptica luego de intentar comprender su funcionamiento. "Sólo en un lugar del mundo", explicó mi abuelo. Y el barómetro fue junto con el termómetro. Un año después recibí una brújula que no se quedaba quieta, y era linda así que se lo agradecí con honestidad. Pero cuando cumplí nueve y me regaló un juego de balanzas sin escala ni numeración, me costó disimular el desencanto. "Sólo sirven para pesar una cosa, una única cosa en toda la Tierra", me porfió. Para mis diez me dio un manoseado e incompleto mazo de naipes clásicos con extraños símbolos; para los once una lámpara de aceite sin mecha; para los doce, una navaja sin filo; y para mi treceavo aniversario, una semana antes de que se suicidada, un gran trapo negro sin forma específica. "El uniforme del Capitán", me dijo, solemne. Ese año no se veía alegre, ya debía haber tomado la resolución de matarse. "¿Soy la capitana?", pregunté, "dentro de muy poco", aseguró. "Pero no sé navegar", reproché: tantos regalos inútiles y nunca una lección detrás el timón. "Tenés ya todos los instrumentos necesarios para tus viajes", y eso fue lo último que me explicó.

Después del funeral me quedé en mi dormitorio dos horas dándole vueltas a aquel pedazo de tela negra hasta que las costuras tuvieron sentido y me calzó como una gran túnica negra, extrañamente cómoda y ceñida. Ahí comprendí la verdadera profesión de mi abuelo, y con alegría fui a su reencuentro para nuestro primer viaje juntos.

jueves, 10 de diciembre de 2020

Hadita

Hadita se introdujo en mi vida mucho antes de presentarse a sí misma. Fue la caótica y estresante etapa de mi vida en que creí que estaba loco. Temblé incontrolablemente la noche que mamá, durante la cena, murmuró la palabra "esquizofrenia" después de que yo le diera una cucharadita de sopa a la mesa del comedor por debajo del mantel. "Las mesas vejas están acostumbradas a comer todo o que se vuelca sobre ellas", intenté explicarle, "¡y desde que pusiste este mantel se está muriendo de hambre!". Mi mamá me miró horrorizada, yo unas gotas tibias de sopa me humedecieron el muslo, y entonces murmuró que su hijo, su único hijo, sufría de esquizofrenia. Me pasmé: ¿sería por esquizofrénico que quemé todos los juguetes de la infancia en la chimenea, que empecé a dormir con la funda de la almohada dada vuelta, que sólo hacía caca en pocitos entre los canteros del fondo, que mordí la mano de la señora de la fiambrería? "No", se rebeló una parte de mí, "todas esas cosas tienen una explicación clara, ¿por qué nadie me entiende?".

Esa noche Hadita se presentó ante mí mientras preparaba mi ritual para dormir sin que las pilas y baterías de toda la casa me envenenaran. "Podés dejar la funda del derecho nomás eh", me dijo sonriendo, "era una broma nomás". Hadita me explicó que se había encariñado conmigo y que era la responsable de todo (o casi todo) lo raro en mi vida los últimos años. Pero que esas ideas tontas que le susurraba a mis neuronas no eran para actuarlas, sino para escribir historias, hacer chistes, dibujarlas.

Después de esa noche nunca más la volví a ver, y gracias a su consejo nunca tuve que ir al manicomio. Pero ya sé que es ella la que se inmiscuye en mi realidad, imperceptiblemente, para poner las cosas de cabeza.

viernes, 4 de diciembre de 2020

Dream Inc.

Dream Inc. Pharmaceutical surgió de un día para el otro, nadie la vio venir ni entendía qué era, pero sus productos llegaron a las farmacias de San Petersburgo, Quito, Beirut y Ho Chi Minh antes de que ningún noticiero intentase hacer una nota sobre ellos.

Su primer producto fue detonador, lo que esta generación híper estresada había estado anhelando: píldoras de sueño. No para dormir, no eran ningún tipo de sedante. Las píldoras Sleep Yesterday producían en el consumidor el mismo efecto que haber dormido profundamente diez horas, y uno se ahorraba toda molestia de meterse en la cama, luchar por conciliar el sueño y levantarse de mal humor. No hace falta aclarar que los mas felices fueron, inmediatamente, las personas de negocios y los amantes de las fiestas.

Pero rondando los tres meses de esta fantástica aparición, la gente empezó a notar las consecuencias de descansar sin dormir. como una olla a presión en el fondo de la nuca reclamaba, por favor, que volvieran los sueños, aunque fuese para olvidarlos en el primer segundo de vigilia.

Pero entonces ya había llegado al mercado un suplemento: tomando el Soft Reset junto con la píldora, uno se desvanecía sutilmente por diez segundos y el cerebro volvía completamente engañado. El suplemento te hacía pensar que habías soñado algo relajante, el rojo, algo muy movido; el suplemento azul te hacía despertar nostálgico y mi favorito, el Soft Reset amarillo, te convencía de que tus sueños habían sido hilarantes. Después llegó el compuesto dorado, el Dream High, que te inducía, en esos diez segundos, a un REM profundo y te daba la habilidad de vivir en un sueño lúcido, real y sin trucos.

Un día se reveló que los empleados de la Dream Inc. Pharma trabajaban veintidos horas al día, eran administrados tres dosis diarias de sus productos y eran compensados con dos meses de vacaciones anuales. El mundo se escandalizó pero rápidamente empresas como Amazon, Apple, Google y Facebook implementaron el sistema, y la diferencia de rendimiento obligó a las demás empresas a sumarse al esquema o ir a la bancarrota.

Para ese momento la Dream Inc. Pharmaceutical vendía a sus premium asociados la Dream Matter, la píldora negra que, suministrada con cuidado, hacía soñar con dos meses de vacaciones extraordinarias.